El respirómetro de tornillo en realidad no es más que un caudalímetro, instalado en la garganta, que acciona un
vis-sans-fin que cierra progresivamente el paso de aire por la tráquea. El mecanismo liberador es un resorte accionado eléctricamente que, previo pago, se conecta al cajero como un periférico USB.
Por otra parte, si el caudal de aire respirado es pequeño, las palas del caudalímetro apenas giran y por tanto no se cierra la tráquea. De esta forma, nadie puede en verdad decir -como algunos afirman falsamente- que se han dado casos de asfixia a causa del respirómetro de tornillo, puesto que el caudal de aire que puede pasar libremente es suficiente para que una persona normal pueda sostener su metabolismo base.
El problema, tal vez, pueda ser culpa de la gente que acude a los cajeros presa del pánico, respirando a borbotones, cuando el tornillo ya marca una reserva próxima a cero. Esta irresponsable conducta provoca una aceleración innecesaria del
vis-sans-fin y puede llegar a causar la muerte, incluso después del pago. Es conveniente acudir a los cajeros con aire de sobras, tal y como todo el mundo sabe y como se enseña en las escuelas antes de la ceremonia de implantación del respirómetro a los 10 años.
Los santos y los fakires mantienen día y noche un ritmo respiratorio basal, y si bien apenas pueden realizar otra actividad que respirar, no faltan quienes adimirados por su autocontrol depositan algunas monedas en su mano, las suficientes para poder vivir modestamente en la calle. Es frecuente verles tumbados en las puertas de los cajeros automáticos, meditando indiferentes a todo para no respirar más de la cuenta.
Se ha criticado mucho esta venta del aire, así como la necesidad de acudir periódicamente a los cajeros para recargar los respirómetros y poder seguir gozando del consumo de aire. Ciertamente, el aire es un bien público, pero nada tiene de extraño que actualmente su administración esté en manos privadas, del mismo modo que lo están las carreteras, los servicios médicos, las escuelas y tantas otras cosas. Además, no pueden menospreciarse los enormes gastos que ocasiona el mantenimiento de la extensa red de cajeros USB necesarios para que toda la población pueda ir recargando los respirómetros. Los datos de la Compañía no dejan lugar a dudas: descontado el coste de mantenimiento de los respirómetros y los cajeros, además de la cirugía necesaria para implementarlos, la venta del aire apenas reporta ningún beneficio a la Compañía.
Atrás quedaron los malos tiempos en que la el sistema de Respirómetros fue contestado por los extremistas. Hoy en día, la mayor parte de la población (excepto santos y fakires) considera el respirómetro como un elemento más de la vida moderna. Y quien puede, actualiza el modelo base y lo sistituye por el práctico sistema
gold, terminado en color dorado, que permite acumular aire para más de 72 horas en una sola recarga. Y por otra parte, algunas empresas están trabajando en un sistema inalámbrico que permitirá que los resortes liberadores sean accionados de forma más higiénica simplemente acercando la garganta al cajero automático, sin necesidad de arrodillarse para conectar el cable USB de la tráquea.
Una vez más, la tecnología nos permite mirar al futuro con optimismo.